Día soleado. Menos mal. Va camino a la playa. Tenía tiempo sin ir y quiere visitarla antes de regresar. Su estado de ánimo está normal. Hoy amaneció con ganas de respirar aire de playa y eso va a hacer. Llega al embarcadero. Escogió una isla. Se le hace más fácil que llegarse hasta las playas costeras. Puinare. Es linda. Ya la visitó una vez. Cuando era diferente y disfrutaba la compañía de sus amigos. Sube a la lancha. En todo el recorrido no piensa, sólo disfruta de la brisa marina en su cara mientras respira el aire salado y gotas de mar salpican su cara. Llega. No hay mucha gente. Algo obvio considerando que es día de semana. La mayoría son turistas. Algunos se ven graciosos. Ella no se ve viviendo en un país sin playa. Busca un lugar con sombra. No tiene el dinero para pagar un toldo además no lo necesita porque esta ella nada más. Se coloca protector solar. No es de piel sensible pero ya es un hábito que le crearon. Solo en la cara y hombros. No se preocupa por más. Disfruta de la vista un rato. Que mar tan hermoso. Siempre le ha gustado. Desde que tiene memoria le encanta. Prefiere el mar a cualquier otro lugar. Y le gustaría tener una casa cerca de la playa. Acomoda todo en el bolso. Duda que alguien pueda llevarse algo valioso de ahí, pero el orden al salir es otro hábito infundado. Corre, como siempre lo ha hecho de pequeña, hacia la orilla… Se detiene antes de entrar y le pide permiso al mar. Luego entra. Está fría. No importa. Se zambulle completa. Ya no hay frío. Tiempo sin bañarse en la playa. Se zambulle de nuevo. Le gusta la sensación de estar como flotando, en la nada. Según un reporte que leyó esa sensación recuerda al vientre materno. Tal vez. El hecho es que le gusta. Puede estar un minuto debajo del agua. Le gustaría estar más tiempo. Pero no es muy buena con la respiración. Nada hacia lo profundo. A pesar de su miedo lo hace. Llega a la cuerda que sirve de límite para que los barcos no pasen a la orilla. Se sienta. Todo se ve alegre. Alza la mirada y recuerda que se puede subir a la montaña que hay detrás de la playa.

Se encamina a la orilla. Nadando debajo del agua. Su manera preferida de nadar. Llega a donde están sus cosas. Se seca. Se coloca un vestido playero que compro, se calza las sandalias y comienza a subir la montaña. El camino es angosto, inseguro y lleno de piedras pero no importa. El sol sigue estando imponente como esta mañana. Llega a la cima. Camina un poco más. Sube un poco más. Ahora puede ver la mayoría de las islas de ese conjunto. Ve el mar verde azulado y puede vislumbrar a lo lejos el embarcadero. Que vista tan maravillosa. Se sienta. Piensa. Esa vista la incita a pensar. Es un lugar agradable. Uno de los pocos que tiene en estos momentos. Ya casi no tiene lugares para ella. No tiene cuarto porque se lo quitaron. Ya ni siquiera puede decir que su casa es su casa. Ya no. Como tampoco puede decir que la casa donde vive mientras estudia es suya. Allá tampoco tiene cuarto. Entonces se pregunta si ahora pertenece a algún lugar o si todo esto quiere decir que ya no tiene casa. Porque todavía puede decir que tiene hogar. Su tía es su hogar. Ella hace las cosas más agradables aunque sean feas. Ella corrige los defectos de su sobrina y trata de hacerla mejorar. ¿Su padre? Ya no lo considera su padre, por lo menos desde hace cuatro años. Sabe que el está haciendo un esfuerzo inmenso pero ni es el mismo ni ella lo ve como antes. El sol ya está fuerte. Piensa que puede hacer ahora. Lo más probable es que nada porque nada puede hacer. No tiene ni el dinero ni el poder para comprarse una casa ella por muy pequeña que sea. Así que no tiene lugar propio. El único lugar que consideraba propio era su cuarto. Era su mundo. Ahí podía ser y hacer lo que quisiera sin que nadie pudiera decirle algo. Unas lágrimas recorren sus mejillas. Por esa razón no le gusta pensar, no le gusta recordar. Cada vez que lo hace se pone triste y le dan ganas de llorar. Se las seca. No vale la pena llorar a estas alturas. Ya no.

Se levanta. Camina cuesta abajo. Se vuelve a quitar el vestido y se mete al mar. Ahí pasa más de tres horas seguidas. Lamentablemente ya se tiene que ir. El camino de regreso a donde se está quedando mientras esta de vacaciones queda un poco lejos. Recoge todo, se viste y camina al muelle. Ya viene una lancha. Espera a que las personas desembarquen para luego montarse ella. A esa hora casi nadie se va, solo una pareja que parecen discutir. No los quiere escuchar. No le gusta escuchar gente discutiendo. Para eso están los demonios que habitan su mente. Se aleja lo más que puede. De igual manera disfruta el camino de regreso pero a sabiendas de que la tranquilidad ya está por terminarse. Llega. Toma su transporte. Y regresa. Cuando llega nadie se molesta en preguntarle como le fue. ¿Para qué si a nadie le importa? Toma un vaso con agua. Se ducha. Se sienta a ver la televisión porque no tiene nada más productivo que hacer. Aunque sin darse cuenta ve ausente porque últimamente anda paseando por su mente. Imaginando como será encontrarse con esa persona a la que estima mucho y que, como siempre, está lejos de ella…