Esos besos prohibidos. Esas caricias necesarias para no explotar de ganas. Las miradas indiscretas y las escondidas. Las palabras nunca dichas porque el poco tiempo solo era para querer. Los toques coquetos por debajo de la mesas. Las falsas peleas para que no hubiera sospecha. Las ganas intrínsicas de querer estar juntos. El placer silencioso que sentíamos al final de todo. Como nos levantábamos al terminas y cada uno se iba a dormir sin decir una palabra porque eso abrumaría lo hecho y daría paso al remordimiento. El saber que no bastaba con que fueras prohibido sino también que eras ajeno. El no darle importancia a que fueras de otra porque yo había llegado primero, porque yo te hacia lo que te gustaba, porque yo te daba lo que ella no. Todo eso que aprendimos juntos; conozco tu cuerpo pero tu no conoces el mío.

Y aunque extraño nuestra relación, eso no volverá a pasar porque yo te use para la que quería: aprender de mi para poder controlarte a ti…